Dez anos ao servizo do franco-falanxismo: Fragmentos

ÁLVARO CUNQUEIRO, FRANQUISTA (e III)

Álvaro Cunqueiro.

Xesús González Gómez.

Al traspaso de los siglos

Levantemos, como podamos, nuestro Imperio, nuestra leyenda dorada. […] Decir Imperio no es decir –ahora saco del fuego sobre las fronteras y marcos como lanzas, sino «arte mayor y alegre de hacer las cosas», manera también y éstas son palabras españolas de una gran hora. […] Que en Varsovia […] hayan estudiantes de letras escogido la luciente palabra «Falange» para una hoja volandera de sus ideales renacientes y que en «la douce France» –que está de Blum a más distancia que el infierno de la gloria– los caballeros oficiales de Saint-Cyr hayan elegido el mote glorioso «Alcázar» para su promoción con la espada, es buen comienzo […]» (El Pueblo Gallego, 6 xuño 1937)

 Y la Unidad

Y la unidad es uno de los gozos de Dios Nuestro Señor. Unidad entre las tierras y los pueblos de España; unidad entre los hombres y el hombre de España. Unidad en el espíritu y la libertad para la salvación […] que es entre los hombres el estilo de su estado –así, con mayúscula […].

[…] de todo lo antiguo y sereno hasta lo moderno y confuso, sepamos sacar la unidad convicta y confesa. Orgullo nuestro, gentes de la Falange […] Y las veintiséis flechas de nuestros puntos a señalarla [a unidade] en el pabellón y barras de España. Sepamos los de la Falange altiva y sola, defender nuestra unidad […]. (El Pueblo Gallego, 25 maio 1937. Este artigo saíu sen a firma de Cunqueiro, ao dá seguinte, o xornal rectificaba o erro.)

 Vísperas universales

Sentimos nacer –¡a qué honduras y a qué precio!– las vísperas universales de España. Por cuanto esta guerra nos ensancha las dimensiones naturales de la Patria.[…] España, unidad de destino en lo universal, va a ser eficaz, va a cumplirse como lo que es, como voz esencial y levadura precisa […] (El Pueblo Gallego, 15 xuño 1937.)

El martirio de Madrid

Dos años y medio vividos bajo el terror rojo han impreso su huella sobre millones de españoles; huella de padecimientos morales y materiales. Madrid, este Madrid destrozado y empobrecido puede ser tomado como ejemplo […].

Nuestra Victoria es, pura y simplemente, el cumplimiento de una verdadera hermandad, de una liberación de todos los Españoles para la obra futura, el martirio de Madrid –símbolo del martirio de España– tiene un oído atento. Toda España comprende […] aquellas palabras que habían de contar cuando volviera a reír la primavera y al paso alegre de la paz temblarán bajo el sol las banderas victoriosas de España. (ABC, 22 abril 1939.)

Son ellos también soledad y desamparo

No nos enamoremos de la oscura noche ni saludemos con mil imágenes las hogueras que briznan los caminos o aquellos que descubren su aliento a lo lejos, bajo las estrellas. Atengámonos a un grave, poderoso y desnudo silencio. Envueltos en él, hombres mozos llevan, camino de San Lorenzo del Escorial, el cuerpo de José Antonio.[…] Llevan el cuerpo robado a la edad florida y en sus rostros, que la luz de las antorchas afila y endurece, una seriedad austera […]

El cuerpo de José Antonio alimenta espigas de esperanza, que se orearan a aires mañaneros. La cosecha que su voz sembró ha sido hermosa como ninguna; la cosecha que mañana haya de recogerse de esta segunda siembre puede ser más hermosa todavía. […]» (Imperio, Zamora, 21 de noviembre de 1939.)

En plena canícula

Parece –y esto no nos sorprende más que a medias– que el orden que se fragua en este año de 1940 no resulta tan nuevo. Y no sólo por la razón de que habrá vencedores y vencidos, esto es, dos justicias y dos injusticias. Tras la destrucción de Inglaterra –me gustaría decir «quema»; siempre he dicho que había diez razones para quemar Inglaterra […]

[…] En ciertas esferas diplomáticas, muy próximas al Vaticano, ha sido muy comentado que Hitler, en su último discurso, pidiera humildemente al Todopoderoso la victoria y la felicidad de Alemania. El hecho de que el Fhürer pronunciara la palabra humildad ha conmovido y no ha dejado de abrir resquicios a la brisa verde de las esperanzas en lo que se refiera a las relaciones entre el Reich y la Iglesia. […] (Destino, nº 162, 14 abril 1940).

Políticos optimistas

Rompamos un cuchillo, por lo menos un cuchillo, contra el señor Algiro Titta, que en «Gerarchia» desgrana su optimismo sobre el futuro bolchevique […]; el escritor italiano contempla una nueva Rusia, imperial y proletaria, saliendo de un largo, vicioso viaje, para asumir altas tareas universales y someterse a un grave orden moral, ese orden que venimos conociendo en España bajo el nombre de «falangismo» y en Italia con la palabra «fascista». […] Y con decir, como dice, que el bolchevismo surge de la sangre de la guerra y de la revolución, cree el italiano que ha cerrado un tiempo, una idea y una historia. Y sienta una doctrina de las revoluciones sangrientas con la que la insurrección roja española se justifica. Titta olvida demasiado.

Si el marxismo es la interpretación materialista de la Historia, se me aparece que el falangismo como la interpretación Providencial de la Historia de España. En este sentido en falangismo es católico, vive de valores morales y carece de época: es actual y decisiva idea en todo tiempo y ocasión de España […] Es un tópico de snobs asegurar que en Rusia existe un «fascismo de izquierdas».

En Rusia existe la revolución bolchevique […] en franca y permanente colisión con lo que el haz lictorio promete, defiende y ordena […]» (Azul, Córdoba, 18 marzo 1941.)

Independencia nacional

[…]

El combatiente del Dos de Mayo fue traicionado por la política de Cádiz –viruela de lonja, sarampión de los derechos del hombre–. La última batalla de España tiene su inevitable doceañismo [é dicir, os liberais], gentes que no crean ni confiesan de fuerza nacional.los doceañistas de antaño, ofuscados, luchaban por principios, los doceañistas de hoy, luchan por treinta dineros. Y la conspiración universal de las plutocracias –Roosevelt, «hombre de Dios», su César– no ataca más la independencia nacional que la estrepitosa cabalgata del Gran Corso por las tierras eternas de la vieja Europa.

La lección del dos de Mayo es permanentemente la lección de la Independencia nacional, de Norte a Gibraltar, de Este a Oeste. (El Pueblo Gallego, 2 maio 1941.)

Las campanas de Santa María de la Cabeza

Siempre dije que las campanas no son pacíficas, aun cuando cumplan el verso «placo cruento» […] Cuando se bautizan campanas para el Santuario y Castillo de Santa María de la Cabeza con el nombre del Caudillo y del capitán Cortés, no se falta a la ley católica de las campanas; más bien se refuerza su espíritu. […] Y cuando doble por Difuntos, la campana Caudillo Franco, dirá versos en memoria de todos los caídos de Españas, prometiendo la viva y combatiente felicidad al sacrificio de los muertos (El Pueblo Gallego, 2 de noviembre de 1941.)

El Caudillo y las tierras de España

Las tierras de la Patria, nuestros países antiguos y naturales, descubren su emoción ante la presencia del Caudillo. Se reconocen en él. Cuando cruza tierras catalanas, gallegas o asturianas, un aire luminoso las descubre y crea. Su ímpetu unitario, su fe entrañable en destinos universales, su trabajo y su gloria llevan en el, Caudillo victorioso, la diestra y la bandera del poder y la perpetua victoria de España […].

El ímpetu unitario de las tierras españolas se reconoce en el Caudillo hecho voz de mando. En el Caudillo se rehízo la unidad nacional y las tierras de España, desde la marca catalana al Finisterre galaico y al Estrecho de Gibraltar, se han ordenado para la obediencia y el sacrificio por el triunfo de esa misión universal y sacra que España tiene encomendada y supo servir, durante largos siglos, con denuedo, orgullo y amor. (La Voz de Galicia, 1 outubro 42.)

Pan de España

He visto a los judíos de esta última diáspora en los muelles de Portugal […].

Muchos hubieron de pasar meses y meses en los muelles de Lisboa, soñando barcos para América y allí conocieron otra vez, y al mismo tiempo que la ayuda portuguesa, la ayuda española. En su día, y por amor cristiano, no quisieron de nuestro corazón y de nuestra mano lo que les dábamos: Fé católica y tocino […].

Los judíos que han recibido nuestra ayuda y nuestro socorro tendrán que cargarlo en la cuenta de nuestra caridad cristiana […], la misma que día a día, en los pasados siglos, hemos practicados con sus padres y abuelos. De ellos nos separa la fé católica, pero no otra cosa. No es el racismo fruta española […]. (La Voz de Galicia, 7 decembro 1945.)

Franco, gallego

«Muchas veces, y al trasiego de los trabajos y los días, suelo, con más de un gallego natural, comentar y recomentar la patente galleguidad del español Francisco Franco. […] Para mi, gallego, hay una íntima y clara alegría en el hecho de la galleguidad nativa, familiar y psicológica de Franco. Nos alegra y exalta saberlo gallego. […] Desde Gelmírez no ha conocido Galicia otro hijo suyo más capaz de anudar y desatar los hilos de la entrama histórica de la Patria y del mundo que Franco.

Una de las virtudes de Franco que en estos días, del cancán de la ONU más han llegado al ánimo popular, con ese tono de mito que nace del amor a esa misma, virtud ha sido la de su serenidad, su calma, su grave frialdad ante el suceder de acontecimientos reputados como adversos o perturbadores. Pero esta serenidad no se dá (sic) porque sí, ni brota sola. Nace de una severa reflexión, constante y profunda, sobre la naturaleza humana y la naturaleza de la historia […].

[…] Esa virtud gallega de Franco fue salvadora y providencial el 18 de julio de 1936 y a lo largo de la guerra […] contra las fuerzas del mal.

Cuando en Italia enterraron a Andrade el Bueno, se escribió: «Aquí yace la lealtad española». Armas de Andrade que lleva el Caudillo en su guión. Ha heredado de aquella lealtad, la misma que tuvo en 1936 hacia la misión española, la que ha profesado en estos años a la tierra y a los muertos. […] Quizás la salvación de España en los años futuros penda de haber hallado un hombre […] lo halló para dicha suya en 18 de julio de 1936 y lo mantiene sobre el pavés al aire de todas las batallas […]. (Falange, Las Palmas de Gran Canaria, 1 outubro 1947.)

Sobran comentarios, mais algún hai que facer. O primeiro, botar abaixo a lenda de que a partir de 1944, cando é borrado do rexistro de xornalistas, Cunqueiro deixa de publicar na Prensa del Movimiento: como se pode comprobar, non é certo: só é a partir de 1948 que o seu nome desaparece desta cadea (sic) periodística/propagandística. Segundo: o compromiso franco-fascista de Cunqueiro agrávase cos anos, e mesmo en 1947, no canto de estar calado, talvez para facerse perdoar pecados e delitos (delitos contra a propiedade das persoas) argalla ese texto vergonzoso: «Franco, gallego» aínda que, persoalmente, considero o seu escrito máis infame «En la canícula», onde pide a destrución de Inglaterra, cando Inglaterra era o único país europeo que aguantaba o embate das forzas nazis, xa que eran os tempos do pacto xermano-soviético –os comunistas consideraban na guerra de Inglaterra contra a Alemaña nazi o primeiro país como imperialista e agresor. Os outros países europeos que non estaban baixo a pouta nazi-fascista eran España (aliada de Alemaña), Portugal (aliada de Inglaterra, mais con simpatías polos nazis), Suíza (neutral mais pro alemá, que devolvía a Alemaña os xudeus fuxidos), e Suecia, que facía grandes negocios coa Alemaña nazi. Cunqueiro, en sintonía coa política franco-fascista, demandaba a destrución do único país que naquel momento encarnaba as aspiracións dos demócratas de todo o mundo non cegados polos «resplandor» stalinista.

Ora, o cambio ideolóxico de Cunqueiro, o paso do galeguismo ao franco-falanxismo foi un «cambio» profundo na concepción ideolóxica do mundo do escritor de Mondoñedo?

Segundo Claudio Rodríguez Fer, «idealismo galeguista, consciencia nacionalista e antiespañolismo arredista son os tres elos que progresivamente se ensarillan no itinerario ideolóxico do primeiro Cunqueiro, ubicado ás veces en posicionamentos que ían máis alá do minimalismo do estatuto de autonomía anteproxectado en 1933, pero finalmente comprometido coa aprobación do plebiscitado en 1936»[1]. Marino Dónega, citado por Armesto Faginas, afirmou no seu día que «Álvaro Cunqueiro y Raimundo Aguiar se inclinaban por un nacionalismo totalitario, enemigo del marxismo como contrario a la esencias tradicionales gallegas»[2]. Este nacionalismo totalitario, así como o seu antimarxismo, une o pensamento do primeiro Cunqueiro co nacionalismo integral de Charles Maurras. Peno que Cunqueiro, sería cousa de estudalo máis polo miúdo, chega a ese nacionalismo a través de Risco, e pola mediación deste, ao nacionalismo integralista do portugués Antonio Sardinha[3]. O nacionalismo maurrasiano, L’Action Française, influíu enormemente na Lliga Regionalista Catalana e en Vicente Risco, cuxa influencia sobre Cunqueiro, e un sector importante das Mocidades Galeguistas, é máis que indiscutíbel[4]. Este nacionalismo máis ou menos integral, e profundamente antimarxista, era a ideoloxía profesada polo de Mondoñedo antes de agosto de 1936: é a mesma ideoloxía que profesará, con tintas de falanxismo –sobre todo na escrita– a partir de novembro de 1936 até, talvez, o seu pasamento. Aínda que, subliñémolo, os escritos directamente políticos do noso autor van de novembro de 1936 a outubro de 1947, ou sexa, exactamente once anos, período ou xeira que culmina «brillantemente» co artigo «Franco, gallego», o último, que coñezamos nós, directamente franquista de Álvaro Cunqueiro.

Durante eses once anos, Cunqueiro reeditará, coas engádegas retóricas falanxistas, como dixemos, ese nacionalismo integral que foi o seu durante a xeira galeguista. Ora, con diversos cambios importantes: agora a patria xa non é Galicia, senón España, na que, evidentemente, se inclúe aquela. A inclusión da retórica falanxista, dominante dentro do bando sublevado e, finalmente, vencedor, e unha presenza maior do elemento relixioso. A partir de outubro de 1947, como ben sinala Armesto Faginas, non escribirá ningún outro artigo directamente franquista e, seica, segundo o mesmo Armesto, intentará facer esquecer eses once anos de que se falan. No entanto, cabe afirmar, como fixo no seu día Claudio Rodríguez Fer, que «unha vez abandonada a belixerancia extremista dos primeiros anos, sempre permaneceu en Cunqueiro un pouso conservador e reaccionario en sintonía con aquela [a súa xeira franco-falanxista], aínda que tamén coa súa formación mindoniense e co seu pensamento de preguerra»[5], é dicir, co seu nacionalismo galego.

Para acabarmos: Cunqueiro foi (é) un grande escritor. A súa literatura non é literatura fascista, mais fascista foi a maioría dos artigos que a partir de outubro de 1936 até outubro de 1947 publicou na prensa española, maiormente na denominada Prensa del Movimiento.

Tamén está claro que o futuro autor de Merlín e familia non era un escritor-ideólogo (ou intelectual-ideólogo), como, por exemplo, o sería durante moitos anos un Gonzalo Torrente Ballester. No entanto, como vimos nalgúns fragmentos que se reproduciron («Políticos optimistas»), entrou de cheo na loita ideolóxica intrapartidaria da Falanxe para afirmar que a «revolución ou é católica ou non será». Cunqueiro foi durante uns once anos propagandista, no fondo convencido, do réxime franquista, e iso é algo que non se debe esquecer.

Ora, Cunqueiro ten, iso si, un punto no seu haber: unha vez morto Franco nunca quixo pasar por un «demócrata de toda la vida» ou un franquista reconvertido á democracia, como tantos outros, entre eles Gonzalo Torrente Ballester –ou Eduardo Pérez Hervada, un conspicuo fascista do que, prometémolo, falaremos noutra ocasión. Porque Torrente foi, ademais, un teórico do fascismo español en toda unha serie de artigos[6] que publicou durante a guerra civil, e despois, ou no prólogo que lle meteu á unha antoloxía de José Antonio Primo de Rivera, que é todo un compendio da doutrina falanxista, ou no libro de Formación del Espíritu Nacional (formación política) de segundo de bacharel: Aprendiz de hombre, da súa autoría. Ademais, Torrente era dos que usaban, moito máis que Cunqueiro, da violencia verbal. Un exemplo, só un, para non nos alongarmos.

Na revista Criterio: órgano de la juventud masculina de Acción Católica, de Santa Cruz de Tenerife, no nº 170, correspondente ao 18 de novembro de 1951, nunha páxina dedicada a «denunciar» aos corruptores da mocidade, tocoulles naquela ocasión a André Gide e Alberto Moravia. O anónimo redactor, logo de perorar sobre o escritor francés, engade o seguinte: «Entre nosotros, quizá ha sido Gonzalo Torrente Ballester el que ha perfilado mejor su turbia personalidad, diciendo de él  en el diario “Arriba” con ocasión de su fallecimiento el pasado año:

»El espectáculo interior de Gide es deprimente. Repugna al hombre de honor, ofende al bien nacido, asquea al gran señor. Es una inmoralidad plebeya, nieta de aquella de J. J. Rousseau y madre de esta otra, más reciente, de J. P. Sartre. A Federico Nietzche (sic), que amaba la bella prosa, le hubiera repugnado. A Gide le persigue la inmoralidad de su propia justificación y por justificarse vierte en sus libros lo peor de su alma, monta doctrina, practica el cinismo y el escándalo. En último término, esta necesidad de justificación revela su íntima, su radical inseguridad. Por algún lugar secreto, el mundo de Gide carecía de forma.

» […] De André Gide parte, como de su frente, la cochambre literaria contemporánea. Si renegó de sus descendientes fue por su mala prosa. Del sobrerrealismo al sartrianismo, el ejemplo de Gide corre como agua vivificadora y en todos ellos como impronta de inelegancia y torpeza vive su mismo afán de justificación. Todos estos inmoralistas andan demasiados preocupados de su inmoralidad y  gastan demasiadas páginas en explicarla, en justificarla y en propagarla. No tienen gracia. Por mi parte, prefiero a Don Juan Tenorio, el auténtico, que fue siempre un caballero, que en pujos de proceder les ganó el campeonato, y como gran señor vivió preocupado de sí mismo, seguro; y sin molestarse siquiera en ser despectivo. Al hombre André Gide, gran escritor, gran novelista, agudo crítico, explorador afortunado de las malas conciencias, le faltó humanamente el señorío. Aproximarse a él es menester ingrato, si previamente no se tapan las narices.»

Está aínda por estudarse, mesmo case por enumerar, os membros do Partido Galeguista, e da Dereita galeguista, que se pasaron ou colaboraron fondamente co franquismo. As causas, como dixemos no inicio desta serie, deste «paso» foron múltiples, mais existe unha que domina sobre nas outras: o que hai anos se denominaba posición de clase. Na maioría dos intelectuais que antes de 1936 militaban, seria ou vagamente, nunha esquerda que poderiamos denominar burguesa, ou no «liberalismo», e se pasaron ao franquismo, actuou como reflexo o que se denominaba outrora «conciencia de clase»: ante a revolución das masas e a contra ou anti-revolución das clases dominantes, estes intelectuais optaron polas segundas, de cuxo seo sairá a maioría deles (dos intelectuais). Con todo, houbo quen apostou, non pola revolución, senón por unha república burguesa e continuou leal aos leais, mesmo cando durante no tempo republicano, até o 18 de xullo de 1936, era escéptico ou estaba enfrontado ás esquerdas: foi o caso, por exemplo, de Carles Riba en Cataluña, ou, máis clamorosamente, de Joaquim Ruyra. Sobre este último é interesante coñecer o que sobre del dixo Gabriel Ferrater nunha ala dada na Universidade de Barcelona en 1967:

«Hai un artigo de Riba, que se que publicou –lembro que o lin en Francia– na Revista de Catalunya cando morreu Ruyra, o ano 1939 ou 40, cando xa acabara a guerra e que foi recollido nese volume de Llengua i literatura que publicou Edicions 62. Recoméndolles que o lean porque describe como Ruyra se convertera nun personaxe grotesco  na época do conflito dos rabassaires, que xa saben máis ou menos en que consistiu. Tratábase de que a Generalitat modificou o réxime de contrato cos arrendatarios campesiños e, entón, a xente de dereitas, ou sexa, os propietarios rurais, saíron cun desbarato realmente xenial. En vistas de que non conseguían destruír a lei no Parlament catalán, entón apelaron a Madrid, ao Tribunal de Garantías Constitucionais, sostendo que a Generalitat non tiña dereito, ou sexa, non tiña facultades para ditar esta lei (esta lei modificaba o réxime económico de Cataluña) e que isto só podía facelo o goberno de Madrid. Ora, xa comprenden o absoluto paradoxo da situación: se todos os burgueses da Lliga, que foran o símbolo do catalanismo durante moitos anos, en determinado momento, diante dunha cousa que afectaba aos seus intereses, saían non precisamente discutindo a cousa e intentando defender os seus intereses dentro de Cataluña, senón tirando ao goberno autónomo de Cataluña a facultade de dar unha lei tan inocente como unha modificación do réxime de contractos de cultivo, realmente era a absoluta contradicións con todo o seu pretendido historial.

»Pois ben, nesta época, conta Riba que Ruyra estaba absolutamente grotesco. Dicía: “É que eu, se é preciso, apañarei a escopeta e irei ás barricadas!”. Tiña perto de oitenta anos. En fin, unha cousa absolutamente manicomial. En cambio, un par de anos despois estalou a Guerra Civil e, entón, Ruyra, viu que a cousa ía en serio e non adoptou actitudes grotescas. Daquela xa ía moi velliño. Riba víao cada semana nas reunións do Institut d’Estudis Catalans e conta que, coa guerra, Ruyra ficou completamente estupefacto, afundíuselle o seu mundo. Afundíuselle, inicialmente, na orde material: ripáronlle todas as súas terras, tiña que vir vivir aquí, en Barcelona, non tiña practicamente cartos, vivía dunha biografía de Turró que a Generalitart lle encargara, tiña que drogarse para durmir –ou sexa, que non acababa de espertar case nunca a ningunha hora do día–, mais a súa actitude, basicamente, era dunha total lucidez e dunha total dignidade. Ou sexa, naquel momento viu que xa non se trataba de adoptar actitudes pintorescas nin de coller escopetas, nin de ir ás barricadas, senón que a cousa ía en serio e el soubo, sen ningunha dúbida, de que lado estaba, aínda que lle pechasen as igrexas, aínda que lle roubasen as fincas, aínda que non tivese un can. Estaba do único lado que podía estar un escritor catalán [o subliñado é meu,xgg]. E Riba conta unha anécdota que é realmente admirábel. Un dos días en que Ruyra estaba máis durmido, máis drogado, máis absolutamente fóra do mundo, resulta que na reunión do Institut se falou de que alguén cumpría anos un día daqueles e entón López-Picó dixo que iso dos aniversarios e que alguén cumprise anos entristecía e o deprimía, porque o único que lle facía pensar é que un debe morrer, que perante aquelas atrocidades que un presenciaba naquela época un debía morrer canto antes mellor. E, de repente, Ruyra sae do seu sono estaño e da súa vaguidade, escoita aquilo e di: “Ah, pois eu non quero morrer! Quero saber como estoupa todo isto!” É dicir, tiña unha admirábel curiosidade intelectual: soubo como estoupou: morreu tres ou catro meses despois de saber como estoupou»[7].

Apéndice

Hai unhas semanas, nesta mesma web, dando noticia da miña lectura de No obradoiro do fabulador, de Álvaro Cunqueiro, que recolle as súas colaboracións xornalísticos en galego en Faro de Vigo, de 1963 a 1971, avisaba de que no primeiro volume da obra xornalística en galego de Cunqueiro, de 1930 a 1980, fóra dos escritos publicados no devandito xornal vigués, O mundo que teño de meu, avisaba de que faltaban, como mínimo, 16 artigos de Cunqueiro publicados en El Pueblo Gallego antes do 18 de xullo de 1936. Como que estas últimas semanas tiven que revisar a colección deste xornal colgada en Galiciana, resulta que me apareceron cinco (5) artigos máis que non están recollidos neste último volume, polo que a listaxe que daba daquela debería ampliarse, e quedaría da seguinte maneira (avisamos de que a colección colgada en Galiciana está abondo incompleta, polo que non sería de estrañar que algún que outro artigo de Cunqueiro faltasen nesta listaxe; o título dos artigos engadidos vai en negrita). Ambos volumes, como sabe o lector, foron publicados pola Editorial Galaxia e están e a edición é de Xosé-Henrique Costas e Iago Castro Buerger.

El Pueblo Gallego

Souto: estampas, 2 de outubro de 1932.

Landín: fame de melodías, 2 de decembro de 1932.

Da mar, 13 de xaneiro de 1935.

O mundo i-outras vísperas. Retratos iluminados: H. Lutteroh, 7 de xullo de 1935.

Doces poetas, 15 de agosto de 1935.

Doce poetas, 28 de agosto de 1935.

Divagacións de vrán. Cousas que pasan, 4 de setembro de 1935

Notas e leituras. Poesia. Craridade, 10 de setembro de 1935.

Divagacións de vrán. Século dezanove. 20 de setembro de 1935.

Ilustracios musicaes, 3 de novembro de 1935.

Notas e leituras. Poesía. Craridade, 10 de novembro de 1935.

O mundo i-outras vísperas: a creazón. Continentes. 30 de novembro de 1935.

O mundo i-outras vísperas: diversos. Estampas, 14 de decembro de 1935.

Pequena historia, 27 de decembro de 1935.

Diversos. Versión de don Johan. 29 de decembro de 1935.

Notas diversas: historias, 23 de febreiro de 1936.

Paxariñas de papel a Bécquer, 22 de marzo de 1936.

Escadas antigas. Versión da primaveira, 29 de marzo de 1936

Vos de fermosura, 30 de abril de 1936.

Por Galiza. II. Vocación pola lingua, 5 de xullo de 1936

Por Galiza. III. Notas a unhas notas, 8 de xullo de 1936

[1] Claudio Rodríguez Fer, «O nacionalismo galego de Cunqueiro», in A acometida atlántica (Por un comparantismo integral), Sada, Ediciós do Castro, 1996, p. 182.

[2] Marino Dónega, «Mocedades galeguistas» en Gran Enciclopedia Gallega, citado por X. F. Armesto Faginas, Cunqueiro. Unha biografía, op. cit., p. 102.

[3] Tampouco estaría de máis estudar a figura, evidentemente moi menor, de José Ramon Santeiro, amigo de Cunqueiro, que a finais da República militaba nos medios católicos que conspiraban para derrubala: asinou chamamentos de homenaxe con católicos que loitaron contra a República como Fernando María Castiella, que logo sería ministro de Asuntos exteriores en diversos gobernos do xeneral Franco, Joaquín Ruíz-Giménez, Ministro de Educación e antes embaixador da España franquista diante do Vaticano, ou Pedro Cortina Mauri, embaixador español e logo Ministro de asuntos exteriores en gobernos de Franco, etc.; colaborou en revistas poéticas de marcado carácter católico, e noutras nas que colaboraban elementos como Javier de Echarri, José Maria Alfaro, José Antonio Maravall (logo preclaros falanxistas), mais tamén celebrados demócratas como Juan Ramón Jiménez ou Jorge Guillén, etc. Santeiro pertenceu á F.UE. (Federación Universitaria Escola, foi presidente da Asociación de Estudantes de Dereito de tal organización en 1931), logo á organización, da que Ortega y Gasset movía os fíos na sombra, Frente Español, que quería ser o xerme dun Partido Nacional por enriba das clases sociais. Frente Español cedo mostrou a súa deriva fascista, polo que ao abandonalo xente como María Zambrano e outros, tivo que disolverse. A maioría dos militantes (sic) deste Frente Español acabaron no falanxismo ou no franquismo, a empezar polos redactores do manifesto de fundación: Alfonso García Valdecasas e José Antonio Maravall. O manifesto fundacional apareceu no xornal madrileño La Voz, e o asinaban as seguintes persoas: Maria Zambrano, Elisa García del Moral (da que nada sei), Salvador Lisarrague Novoa (galego, seu pai foi paseado en Paracuellos, militou na Falange española despois de 1936, ocupou diversos cargos políticos e foi catedrático de ciencia política na universidade de Madrid; sitúano dentro dos falanxistas orteguianos), José Antonio Maravall, Antonio Riaño de Lanzarote (tampouco sei nada del) Abraham Vázquez y Saenz de Hermúa (en 1948 era maxistrado do Tribunal Supremo) e o citado José Ramón Santeiro. Non imos espraiarnos sobre Santeiro, unha figura moi menor («Un poetita de verso malo y prosa endeble», Miguel Pérez Ferrero, «Índice de Revistas, en Revista de las Españas, nº 53-54, xaneiro-febreiro 1931, p. 56.), pero no único escrito en prosa que demos del amosa unha concepción do Estado achegada á, digámolo así, fascista italiana, ben que non se pode negar a influencia de Ortega: «El Estado, obra nacional», Luz, 14 de agosto de 1934. Despois da guerra, Santeiro ocupou diversos altos cargos na administración franquista: en 1940 era redactor de Arriba.

[4] E non só nas Mocidades, senón no propio Castelao, cfr. Justo G. Beramendi & Ramón Máiz, «O pensamento político de Castelao», en Para ler a Castelao 2. Estudos sobre a obra escrita, Vigo, Editorial Galaxia 2000, pp. 311-420. Traballo este que debeu, no seu día, botar abaixo mitos e absurdos que se escriben sobre Castelao: infelizmente non foi así: a influencia risquiá foi alén e tomou a aqueles que se din os seus adversarios (de Risco) e repiten, até a saciedade, mitos e medias verdades sobre o pensamento político do rianxeiro que non sei se producen gañas de rir ou de chorar.

[5] Claudio Rodríguez Fer, A literatura galega durante a guerra civil, Vigo, Edicións Xerais, 1994, p. 224.

[6] Velaí algúns títulos de artigos de Torrente Ballester: «Elogio de la Orden de la Merced Servidora de Dios y del Imperio», «Las clases patronales y el Estado Nuevo», «La Falange y su Caudillo», «El porvenir de El Escorial», «Prolegómenos a toda política futura», «La táctica de la revolución y la revolución Española», «Sobre los gobiernos legítimos», «Meditación a lo largo de Piedrafita», «Lo nacional y lo universal en la doctrina de la Falange. Breve pasquín contra güelfos y laicos predicadores», «José Antonio en el Parlamento», «Sobre nuestra América», «Mandar…», etc. Avisemos ao lector que descoñece estes artigos de Torrente Ballester, que para Torrente, o marxismo equivócase: a revolución debe ser, só pode ser, é, «nacional»: véxase o seu artigo «La táctica de la revolución y la revolución Española», El Pueblo Gallego, 23 de outubro de 1937, mais tamén publicado noutros xornais falanxistas. [Queda por estudar o franco-fascismo de xente como Eduardo Pérez Hervada, que en 1937, en Granada, na Editorial Imperio, publicou un terrorífico libro: Hombres y pueblos, así como as súas colaboracións na prensa nos anos da guerra civil e posteriores. Ou Ramón Fernández Pousa, que foi director da Hemeroteca nacional española, antólogo da literatura galega e estudoso desta e da lingua, etc.]

[7] Gabriel Ferrater, Tres prosistas. Joaquim Ruyra, Víctor Catalá i Josep Pla, Barcelona, Ed. Empúries, 2010, edición a cura de Oriol Ponsati-Murlá, pp. 31-33. Joaquim Ruyra morreu o 15 de maio de 1939, mes e medio despois de rematada a guerra civil e tres e medio despois da perda total de Cataluña, a catro  meses de cumprir os 81 manos de idade.

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